Voy a narrar el cuento de un hom- bre que quiso
ser mujer. Le parecía injusto tener que salir a
trabajar mientras su esposa se quedaba en casa.
¿Cómo era posible, decía en su frustración, que
él afrontara cada día las fatigas de su empleo,
en tanto que ella permanecía muy quitada de la
pena en el cálido abrigo del hogar, tomando
cafecito, charlando con sus amigas por teléfono
y disfrutando la compañía de los hijos?
Así, una noche el personaje de mi cuento se puso
de rodillas y le pidió a Dios que cambiara los
papeles: que convirtiera a su esposa en el hombre
de la casa, y a él lo transformara en la mujer.
Eso de pedir milagros tiene sus peligros: se nos
pueden conceder!!. Dios escuchó el insólito ruego
del sujeto, y accedió a su petición. Lo convirtió
en mujer; y a su esposa la volvió hombre.
Él se dispuso, feliz, a disfrutar las delicias de
la casa. Pero al despertar hecho mujer tuvo que
levantarse a preparar el desayuno de su esposo,
que seguía durmiendo plácidamente. Luego debió
despertar a los niños, y ayudarlos a vestirse, y
prepararles el lonche de la escuela. Le sirvió el
desayuno a su marido, y escuchó la queja diaria:
"Siempre lo mismo". Cuando el hombre se fue, tuvo
que lavar los platos,tender las camas, recoger la
ropa de su esposo y sus hijos, tirada por el piso
en todas partes, echarla a la lavadora; y luego
aspirar los pisos, lavar las ventanas y sacar
la basura. Se iba a tomar un cafecito, pero
pensó en todo lo que tenía que hacer, y
después de bañarse, vestirse y arreglarse
apresuradamente salió a la calle, no sin
antes dejar ya hecha la comida. Fue al banco;
a la tintorería; a pagar los recibos del agua,
el teléfono y la luz. También fue al súper a
surtir la despensa. Cuando se dio cuenta, había
llegado la hora de recoger a los niños en la
escuela. Les dio de comer, los organizó para que
hicieran la tarea, y luego de comer ella, mal y
de prisa!!!, los llevó a sus clases: de karate,
de inglés, de danza. Luego volvió a la casa, y
se puso a planchar y a disponer la cena. Regresó
su marido, malhumorado como siempre, y tuvo que
oír sus quejas sobre el trabajo, el tránsito en
las calles, los niños, todo. Supervisó el baño de
los hijos; les dio de cenar junto al marido;
luego los acostó después de obligarlos casi por
fuerza a dejar sus juegos electrónicos. Mientras
tanto su esposo veía plácidamente en la tele un
partido de futbol, al tiempo que se tomaba una
cerveza, y otra, y otra. Eran las diez ya de la
noche cuando preparó la ropa de los niños y el
marido para el día siguiente. Después, muerta de
fatiga, se acostó a dormir. Pero apenas había
cerrado los ojos cuando entró él en la recámara.
Se desvistió, y se acercó a ella. Animado por las
copiosas libaciones traía obvios deseos de
erotismo. La mujer estaba muerta de cansancio,
pero hubo de avenirse a la demanda del marido,
e hizo el amor con él fingiendo raptos pasionales.
Al día siguiente, cuando se vio sola en la casa,
se puso de rodillas, y con inmensa devoción se
dirigió al Señor: "¡Dios mío! ¡Estaba equivocado!
Las tareas de la mujer en la casa son más fatigosas
que cualquier trabajo de hombre. ¡Perdona mi error,
te lo suplico! ¡Haz que vuelva yo a ser hombre, y
que mi esposa vuelva a ser mujer!" "Hijo mío -le
respondió el Señor-. Me alegra ver que has aprendido
tu lección. Espero que en adelante aprecies más el
esfuerzo y trabajo de tu esposa, su valer y sus méritos.
Volveré a convertirte en hombre. Pero tendrás que
esperar nueve meses. Anoche quedaste EMBARAZADO"...
Sirva esta columnejilla de hoy para hacer
reflexionar a algunos hombres que no saben
reconocer a sus esposas, ni dan importancia
a lo que la mujer hace en la casa en bien de
su marido y de sus hijos...